NOTA DEL AUTOR: Las obras, las vacaciones y el calor han hecho que lleve tiempo sin actualizar. A mi, como a Dinio la noche, el verano me confunde. Todavía queda mucho por contar en AlguienTendriaQueMatarla. Continuamos...

Wilkinson decidió llevarse a Doña Encarna a la comisaría. La vieja del cabello perla y lila no acudió a la central de policía como sospechosa. Llegó allí para ver las fotos de tres hermanos a los que hacía unos meses se les había involucrado en un asunto de seguridad alimentaria ocurrido en el restaurante Un mantón de la China. Ni que decir tiene que se trataba de los únicos orientales con un mínimo de antecedentes de San Esteban.

Doña Encarna disfrutó de la visita como si se encontrase en un parque temático. Antes de ponerse manos a la obra pidió entrar en los calabozos. Se ve que desde niña -algo que debió suceder en los tiempos de los indios y los vaqueros- sentía una gran curiosidad por saber como era el lugar donde los buenos encerraban a los malos. La anciana se llevó tremendo chasco al comprobar que la habitación que desarrollaba esas funciones no tenía rejas, ni catre, ni un ventanuco en la puerta por donde darle al preso la bandeja de aluminio con la comida.

¡Menuda mierda de comisaría! ¡Que cosa más fea! Exclamó la madre del dueño de la tienda de llaves y arreglo de zapatos del Mercado de Abastos.

¿Y el humo? ¿Aquí nadie fuma? Dijo al entrar en la sala donde media docena de agentes simulaban estar ocupados frente al ordenador.

Está prohibido fumar en lugares institucionales. Explicó rápidamente Wilkinson, al tiempo que la agarraba de un brazo con suavidad para dirigir sus pasos hacía una de las salas del edificio.

La vida es mucho más bonita en las películas.

Tras decir esta frase, Doña Encarna sacó de su pequeño bolso una pitillera y desafiante encendió un Gauloises Blonde Ultra Light. A continuación, con más erotismo que Sharon Stone en Instinto Básico, posó su mirada en la de Wilkinson y dijo: ¿Me va a detener inspector?

Continuará...

Próximo capítulo 16/08/09