Tras una ducha rápida, que eliminó del cuerpo todos los restos de la pasión de Morbox, me metí en la cama.
Soñé con Wilkinson y su feliz familia. Disfrutaban de un picnic una soleada mañana de domingo.
La mujer, rubia de bote y con las puntas rizadas, recogía flores silvestres en un cesto de paja. Un estiloso sombrero, tipo campesino, la resguardaba del sol.
El inspector leía el periódico debajo de un arbol. Buena sombra le cobijaba.
Las niñas, que en mi mente bauticé como Lea y Gillette, eran gemelas y no tendrían más de cinco años. Correteaban por un prado, de un color verde intenso, jugando con un perro al que llamaban Jacinto.
Tras una pequeña cabezada, Wilkinson notó la ausencia de su mujer. Les dijo a las niñas que no se moviesen de allí y se perdió en el bosque.
¡Marga! Gritaba sin obtener respuesta.
Entre unos arbustos encontró el cuerpo sin vida de su esposa. Pálida y sin ningún signo de violencia. A pocos metros del lugar del crimen, me descubrí escondido. Sujetaba entre mis manos un cepillo térmico manchado de sangre.
El sonido de las ambulancias se escuchaba a lo lejos. A medida que se hacía más nítido se transformaba en Pantera en libertad, uno de los grandes éxitos de Mónica Naranjo y desfasado politono de mi teléfono móvil.
Contesté medio dormido. Era Carla, agitada y más asustada que yo tras la pesadilla.
¿Carla? ¿Qué pasa? Son las cinco de la mañana.
Perdona por despertarte, Edgar. Hay algo que me corroe la conciencia y necesito decírselo a alguien. Me voy a volver loca.
Continuará...
Próximo capítulo 22/07/09

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