Con dos lonchas de mortadela con aceitunas, que habían sobrado de la noche anterior, hice un sandwich sin sustancia. Lo comí frente a la tele apagada, mientras mi cabeza archivaba frenéticamente todo lo que sabía sobre Antonio Somoza.
Me noté excitado y con hambre de piel. Necesitaba que me abrazasen y descargar toda la tensión acumulada.
Encendí el ordenador conformándome con encontrar cibersexo con un mínimo de calidad o algún video gratuito lo suficientemente explícito. Como era de suponer, la gente no estaba en casa un viernes por la noche y lo que quedaba por la red eran un montón de seres extraños o adolescentes experimentando.
Había decidido pasarme a la ficción cuando apareció Morbox. Él también vivía en San Esteban. Según escribió en el chat, era alto, delgado, con el cuerpo definido y una serie de atributos que no creo necesario reproducir. Pidió mucha discrección y un lugar para encontarnos.
Dadas las circunstancias de las últimas horas, no era muy aconsejable abrir las puertas de tu casa a un desconocido. Además, podría ser un mentiroso, un skin con ganas de dar leña o un asesino en serie obsesionado con acabar con todos los peluqueros del colectivo LGBT del pueblo.
Mi entrepierna pudo más que mi cerebro y al cuarto de hora nos estábamos revolcando en el viejo sofá de mi apartamento alquilado.
Morbox había dicho toda la verdad y tenía aspecto de heterosexual con curiosidad repetitiva.
Al aliviarnos se vistió y se fué. Sólo dos días más tarde volvería a encontrarmerlo con otro nombre y en otras circunstancias.
Continuará...
Próximo capítulo 19/07/09

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados