Cuarenta minutos después de salir de San Esteban llegamos a Morena. Un pueblo encogido, según palabras del inspector. De la frondosidad del pasado, había pasado a ser un lugar que sobrevivía a ambos lados del cauce de una carretera secundaria.
Wilkinson me indicó que aparcara delante del Bar Somoza, un establecimiento donde, según pude leer en el luminoso de la fachada, servían vino de la zona, preparaban comidas caseras y, en tiempos de bonanza, alquilaban los mejores títulos en VHS.
Al bajar del coche sentí como si me hubiesen transportado al almeriense desierto de Tabernas y que aquellas escasas veinte viviendas no eran más que el decorado de un spaguetti western apocalíptico.
Había comenzado a anochecer.
Vilma regañaba a Pedro en un episodio de Los Picapiedra y la voz de sus dobladores se escapaba por una ventana entreabierta, ocupando el lugar donde debería estar el tráfico. No sé porqué pero aquel sonido resultaba inquietante.
¿Qué hacemos aquí? Le pregunté a Wilkinson.
Hemos venido a conocer a la auténtica familia de Antonio Somoza García.
Continuará...
Próximo capítulo 10/07/09

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