Carla lloró un buen rato sobre mi hombro, lamentando lo puta que era. A pesar de como aparentaba sentirse, en ningún momento verbalizó la posibilidad de dejar tranquilo el miembro del novio de su compañera de trabajo.
Tras nombrarme su mejor amigo de la semana, sacó una biblia del bolso y me hizo jurar que no revelaría a nadie lo que acababa de contar.
Júramelo ante la palabra del Señor.
Así lo hice, con una mano sobre el texto sagrado y con los dedos cruzados en el bolsillo. Sellé mis labios. Por lo menos hasta que esa información necesitase salir a la luz.
Amanecía en San Esteban. Carla se marchó como una amante furtiva -que lo era- y yo me metí en la cama revuelta, rogándole a los dioses que Wilkinson esperase a media mañana para llamarme.
Se ve que el oficio de inspector es madrugador. Veinticuatro horas después de descubrirse el cadaver de Marga, ya me encontraba en la puerta de la comisaría.
Tienes mala cara, chaval. ¿Has dormido bien?
Si yo te contase, delicioso cuarentón. Pensé. Entre el polvo salvaje con un desconocido, la pesadilla en la que me cargaba a tu mujer y la visita de la peluquera cochina...
La verdad es que he pasado mala noche. Dije, poniendo cara de corderito de Norit.
Wilkinson no hizo ni caso de mi conato de dar pena -una manera tan válida como otras para ligar- y a los diez minutos ya estábamos entrando en la ferretería más concurrida del pueblo.
El inspector sacó el juego de llaves de Cabello´s. Era muy llamativo ya que tenía un secador en miniatura como llavero. Ningún empleado recordaba haber hecho una copia.
Entramos y salimos, sin ninguna pista nueva, de una docena de ferreterías incluida la del Carrefour Express. Aquella mañana, la suerte no paseaba a nuestro lado.
¡Joder! Exclamó impotente Wilkinson mientras se dejaba caer en uno de los bancos del parque de Carabel.
Queda un sitio donde podemos preguntar. Dije con un hilo de voz, por miedo a incomodarlo.
¿Cuál?
Hay una pequeña tienda de llaves y arreglo de zapatos en el Mercado de Abastos.
Aunque San Esteban no es muy grande, atravesamos el pueblo en apenas cinco minutos. Al llegar, ya colgaba el cartel de cerrado aunque se veía movimiento en el interior.
El inspector tuvo un momento al más puro estilo Harry el sucio.
Abran en nombre de la ley. Gritó acercando su cuerpo al escaparate.
Se ve que la ley mueve montañas, porque la puerta se abrió de inmediato y dejó paso a un hombre que nos miraba con desconfianza.
¿Hizo usted una copia de alguna de estas llaves en las últimas semanas?
La respuesta fué negativa. A punto estábamos de marcharnos, cuando apareció una adorable ancianita con su casquete perla y lila.
Perdonen a mi hijo, le falla la memoria. Recuerdo perfectamente ese mini secador. No puedo decirles cuando, pero aquí hicimos un juego de llaves como esas. El muchacho que las traía era muy amable. Un chinito muy gracioso.
Continuará...
Próximo capítulo 29/07/09